Llevan un tiempo asomando nubes, cada día un poquito más grises, pero aún se podía disfrutar del sol, sentir como sus rayos te acarician la piel y como la suave brisa te alborota el pelo.
Pero ahora es cuando empieza la tormenta, cuando los rayos de sol desaparecen entre las nubes negras y la brisa que antes me acariaba la piel torna en viento salvaje que me abofetea las mejillas. Y así, debo esperar, y esperar, y esperar, a que la calma vuelva a su sitio, que volverá a la par que yo regrese, y que de nuevo se asiente todo, que el sol venza la batalla a las nubes y pueda brillar para mí y para ti para siempre.
¿Quién no esperaría una semana por toda una vida de absoluta felicidad?
Esto no es más que el principio, como cerrar los ojos muy muy fuerte durante unos minutos para poder después disfrutar mejor los colores.
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