12.7.10
Yo tenía una pelotita. Era pequeña, redondita y muy muy suave, de esas de las que rebotan mucho. Me encantaba mi pelotita, jugaba cada día con ella, pero, con el tiempo, me aburrí de ella. Siempre igual de redonda, siempre igual de suave. Un día, en la playa, vi unos niños jugando con un gran balón de playa. Era enorme, brillante, y muy llamativo. Lo quería. Y fui a la tienda, y lo compré, el más grande, colorido y brillante que había. Era mío, por fin, lo tenía. Y volví a la playa, con mi precioso balón nuevo, y allí, le di un puntapié, para estrenarlo, para notar su tacto, su aerodinamia. Y pasó lo que no imaginé, mi balón se fue. Mi balón nuevo, que tanto quise, desapareció entre la arena. Y, de pronto, en mitad de todo el dolor, recordé mi pelotita. Tan pequeñita, tan suave, siempre conmigo. Y volví a casa a buscarla, bajo la cama, en los cajones, por todos y cada uno de los rincones. Pero no estaba. Había rebotado y rebotado lejos de mí, y, entonces supe, que nunca volvería a tenerla. Tal vez nunca debí aburrirme de ella.
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